El glucógeno es la gasolina de nuestro cuerpo

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El glucógeno es la gasolina de nuestro cuerpo

El glucógeno es la forma que usa el organismo para almacenar glucosa. Bioquímicamente hablando es un polisacárido formado por moléculas de glucosa. El organismo humano es muy sensible a las variaciones de glucosa en sangre (glucemia) y siempre trata de mantener un nivel óptimo y lo más constante posible. Después de las comidas sube pero enseguida la hormona insulina se pone a trabajar para reducir el nivel y mantenerlo bajo control. En ayunas se considera un nivel óptimo entre 72 y 110 mg/dl. Los diabéticos no pueden regular bien estos niveles de glucosa y por eso necesitan medicarse con insulina.

La glucosa en sangre que excede estos niveles tiene tres posibles destinos:

1.Su uso inmediato como combustible energético.

2.Almacenamiento en forma de glucógeno.

3.Transformación y almacenamiento en forma de grasa.

Si estamos en reposo y las necesidades energéticas del organismo están cubiertas, la glucosa sobrante se almacena como glucógeno. El organismo puede almacenar glucógeno en dos lugares, en el hígado o en el músculo. En ambos lugares la cantidad total de glucógeno que se puede almacenar es limitada. Si estos depósitos están llenos pero sigue habiendo un exceso de glucosa en sangre, este exceso se transforma en grasa y se almacena en el tejido adiposo (vamos, que engordamos).

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Glucógeno hepático y glucógeno muscular

El glucógeno hepático es el que se almacena en el hígado. El hígado puede almacenar hasta un 6% de su peso total en forma de glucógeno. Esto suele significar entre 100 g y 150 g. Este glucógeno se usa como almacén general del cuerpo y se encarga de controlar el nivel de glucosa en sangre. Después de comer, mientras hacemos la digestión, hay un pico de glucosa en sangre (mayor o menor según el contenido de hidratos de la comida y su cantidad). Una vez que hemos normalizado ese pico con la acción de la insulina (la siesta nace aquí, fisiológicamente hablando) el cuerpo sigue consumiendo glucosa sanguínea para diferentes funciones. Esto hace que su nivel descienda con el paso del tiempo, hasta que volvemos a comer algo. Cada vez que el hígado detecta un nivel bajo de glucemia rompe las cadenas de glucosa que forman el glucógeno y las libera al torrente sanguíneo. Un buen ejemplo de esto es al levantarnos por la mañana. Pasadas 8-12 horas de reposo desde la cena el hígado puede haber agotado sus reservas de glucógeno. Fruto de esto es la sensación de debilidad que tenemos en ayunas. La glucosa en sangre disminuye y el cuerpo no encuentra una forma igual de eficaz de mantener constante esos niveles. El cerebro recibe esta información y nos avisa con esa sensación de hambre y debilidad de que no estamos para muchas alegrías. Lo mismo nos puede pasar si seguimos dietas muy pobres en hidratos de carbono. Por eso hay que ser muy cuidadoso con esas dietas y nunca ser extremo en la supresión de hidratos de carbono de la misma.

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